MI BARRIO INFINITO ES EL CENTRO DE IBARRA
MI BARRIO INFINITO ES EL CENTRO DE IBARRA
parte 1
Aquí aprendí a caminar, en esta veredas de la Flores y Bolívar, aquí, en la esquina vendía caramelos la Mona Chita que era china y chiquita, abuela del terrible Germán, el man!. ella rodeada de mil colores con su chalina y su enigmática sonrisa. Aquí mantuvo por cerca de casi 60 años la Agencia de Publicaciones mi abuelo Fidel que tenía su notaría al frente del parque junto a la peluquería mexicana del Jorge Anibal, hombre locuaz que se paraba de puntillas para esperar a sus amigos enemigos del barrio y enfrentarlos de alguna manera porque le hacían locuras que son anécdotas de la ciudad. Humor fino !
Crecí junto al Bolivar Abedrabbo y sus telas brillantes viendo la tijera gigante de la sastrería del Fino. El Bazar Imbabura, Vaca Jr, Librería Pomaire, el Hotel Turismo !!! tan espectacular por fuera y por dentro, su entrada era apoteósica con grandes pilares y un botones que atendía dinámico en las gradas, en uno de sus salones había un cuadro indigenista que maravilló a David Siqueiros el muralista mexicano que de paso por la ciudad derrochó elogios a la obra exhibida tildando de obra maestra.
En la piscina había la escultura de un hombre recostado que fue regalado a Quito por un alcalde desubicado y que ahora se exhibe en el paso a desnivel de la Eloy Alfaro y 10 de Agosto y es solo un recuerdo en la memoria de los ciudadanos de esta siempre contradictoria urbe, lo único que no cambian son los adoquinados malditos que tienen ciertas calles que en nombre del patrimonio son caminos tortuosos para autos, motos y bicicletas.
Al frente de la notaría de mi abuelo paraban los taxistas de la cooperativa Pedro Moncayo, les recuerdo a la mayoría, pero sobretodo recuerdo a Pedro Revelo que tenía una pinta de galán mexicano con bigote incluido y que contaba como le hizo una carrera al Che Guevara hasta la aduana en Yahuarcocha para que retome su camino hacía Colombia escribiendo sus diarios de motocicleta
Más allá, frente al cuartel estaban las fritadas de cajón de unas indigenas guapas, altas para mí,más tarde apareció La Bohemia que era una especie de venta de fritadas y tienda de música dirigida por el Antoñito y su amable esposa; en la esquina habían los frescos de jugos que rompían la frente cuando se tomaban con salpicado de hielo y en cada una de las esquinas unas piletas de piedra le daban un toque urbano elegante al parque la Merced.
En el portal del Cuartel se jugaba al bingo en navidad y en esa época ya existían los dulces de Ana de Nuñez y los helados de la Rosalía Suarez. En la casa Ayala ahora de la Ibarreñidad había la librería Pomaire y alguna vez, bueno, varias veces, fue escenario de bailes y festejos de amistad cultura y política.
Una mañana de sábado estaba acompañando a mi abuela Doña Imaginación en su almacén de libros revistas loterias lanas y estampillas y de pronto una señora costeña con el pelo medio rojo se acercó al almacén y pidió una Selecciones de Readers Digest, trás de ella, estaba un hombre al que yo había visto muchas veces en la revista Estrellas, se le notaba que estaba mal genio y se cubría la cara con un periodico evitando el sol serrano. No supe sino hasta años después que la noche anterior le habían metido preso en Ibarra porque había subido al escenario del coliseo del Águila en completo estado de embriaguez. Era JJ.
Voy a seguir narrando sin eco, sin control y sin pausa. Lo que venga a mi mente será escrito porque pasaré de un pasaje a otro y de un paraje a otro personaje para dar contexto a estas crónicas simultáneas y desordenadas sobre una Ibarra que ya no existe.


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